Hay una edad en la que muchas mujeres empiezan a escuchar que deberían bajar el ritmo, que ya no tienen la misma velocidad, que las lesiones pueden ser más difíciles, que quizá el fútbol es cosa de jóvenes, sin embargo, para quienes siguen entrando a una cancha saben que la historia es otra.
Una mujer que lleva años jugando, el fútbol no es solamente correr detrás de un balón, es encontrarse con sus compañeras, reírse después de una jugada mal hecha y sentir esa emoción que aparece cuando está en la cancha que el cuerpo cambia, pero las ganas no desaparecen.
Ya no se juega de la misma manera. Hay que calentar mejor, escuchar las rodillas, cuidar los músculos y aprender a dosificar el esfuerzo.
El fútbol puede convertirse en ese lugar donde una mujer vuelve a sentirse parte de un equipo. Un espacio que no tiene que ver con la edad, el trabajo, los hijos, las responsabilidades o lo que los demás esperan de ella.
Durante el tiempo del partido simplemente es una jugadora.
Algunas mujeres no siguen jugando para demostrar que todavía pueden. Siguen jugando porque todavía quieren.
Quizá esa sea la verdadera razón para estar en la cancha.
La edad puede cambiar la velocidad, pero también aporta algo que no se entrena en una sesión: experiencia. Saber cuándo acelerar, cuándo tocar, cuándo cubrir a una compañera y cuándo guardar energía para los últimos minutos.
Cada partido es una oportunidad para seguir mejorando. No importa si jugamos en una liga competitiva, en un torneo amateur o simplemente porque nos gusta estar en la cancha. Hay que entrenar, calentar, cuidar el cuerpo y, sobre todo, jugar en equipo.
El fútbol sigue siendo fútbol: hay que correr, marcar, apoyar, comunicarse y no dar una pelota por perdida.
Cuando llegue el silbatazo final, que quede la satisfacción de haber dejado todo en la cancha.
Seguimos jugando, seguimos compitiendo porque todavía tenemos mucho fútbol en los pies.
