Pareciera que la psicología y la espiritualidad pertenecen a mundos distintos. Una habla de emociones, pensamientos y conductas; la otra, de sentido, conexión y aquello que cada persona considera trascendente.
Pero quizá no tienen que competir. Pueden complementarse.
La psicología nos ayuda a mirar hacia dentro con herramientas para comprender lo que sentimos, reconocer nuestros patrones y aprender a relacionarnos de una manera más sana con nosotros mismos y con los demás. La espiritualidad, cuando se vive de manera personal y consciente, puede ayudarnos a preguntarnos algo diferente: ¿para qué estoy viviendo esto?, ¿qué sentido tiene para mí y en qué quiero convertirme?
Una trabaja mucho con el cómo; la otra puede acercarnos al para qué.
Esto no significa sustituir la terapia por la espiritualidad, ni utilizar la espiritualidad para evitar aquello que nos duele. Al contrario: una espiritualidad saludable no debería negar nuestras emociones, y la psicología tampoco tiene que quitarle valor a las preguntas profundas que forman parte de la experiencia humana.
Podemos ir a terapia y, al mismo tiempo, meditar. Podemos trabajar nuestros límites y también buscar momentos de silencio. Podemos aprender a manejar la ansiedad y preguntarnos qué necesitamos cambiar en nuestra manera de vivir.
Conocernos no solamente consiste en entender nuestra mente. También implica descubrir
nuestros valores, nuestras creencias, nuestras necesidades y aquello que le da significado a
nuestra vida.
Psicología y espiritualidad pueden encontrarse en un mismo lugar: la persona.
Desde nuestro punto de vista ahí comienza una mirada más completa de nosotros mismos: no
desde etiquetas ni respuestas absolutas, sino desde la posibilidad de comprendernos para
transformar aquello que sí podemos cambiar.
La Mirada Humana
Hablamos de personas, no de etiquetas.
