Sentirse libre para amar

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Hay una libertad que llega cuando dejamos de preguntarnos qué pensará la gente y empezamos a preguntarnos qué queremos realmente para nuestra vida. A cualquier edad puede aparecer alguien que nos despierte ilusión, curiosidad, ternura o simplemente ganas de compartir. A veces la oportunidad está frente a nosotros y somos quienes levantamos la barrera antes de permitirnos conocerla.

Sentirse libre para amar también significa darse permiso. Permiso para volver a sentir después de una separación, para enamorarse cuando creíamos que esa etapa había quedado atrás, para conocer a alguien sin pensar que ya estamos demasiado grandes, que seguramente volveremos a sufrir o que los demás tendrán algo que decir.

Hay quienes convierten el “estoy bien solo” en una especie de escudo. Y quizá sí están bien. La independencia, la tranquilidad y una vida propia tienen un enorme valor. Pero estar bien en soledad puede convivir perfectamente con querer compartir la vida con alguien. Una cosa no cancela la otra.

A veces detrás de un “a mí no me interesa andar con nadie” hay una persona que sí quisiera compañía, pero aprendió a protegerse. Después de una decepción resulta más sencillo decir que el amor ya no interesa que reconocer que todavía existe el deseo de encontrar a alguien con quien sentirse bien.

Darse la oportunidad de amar tampoco significa entregar la vida a la primera persona que aparece. Significa abrir una puerta y mirar qué hay del otro lado. Conocer, conversar, observar cómo nos sentimos, descubrir coincidencias y diferencias, permitir que el vínculo avance a su propio ritmo.

Aquí aparece una diferencia importante. Sentirse libre para amar no significa pasar de una persona a otra sin considerar lo que ocurre en el camino. La libertad afectiva no elimina la responsabilidad. Cada encuentro puede dejar emociones, expectativas, heridas y consecuencias. Incluso existen responsabilidades concretas relacionadas con la salud sexual, el cuidado y la protección de ambas personas.

Amar libremente puede significar algo mucho más sencillo y profundo: dejar de esconder lo que sentimos, hablar con claridad, respetar al otro y respetarnos a nosotros mismos. Elegir estar con alguien porque queremos, no porque tenemos miedo de estar solos; y alejarnos cuando una relación deja de ser sana para nosotros.

Quizá nunca dejamos de tener miedo al amor. Lo que cambia es la manera de mirarlo. Podemos aprender de lo vivido sin convertirlo en una sentencia para el futuro.

A los 20, 40, 60 o a cualquier edad, todavía podemos conocer a alguien, sentir mariposas, ilusionarnos, equivocarnos, volver a intentarlo y descubrir que el corazón no funciona con fechas de caducidad.

Sentirse libre para amar es bajar algunas barreras, quitarse la máscara de la indiferencia y permitirse descubrir qué puede pasar cuando dejamos de preguntarnos qué dirán los demás y comenzamos a preguntarnos algo mucho más íntimo:

¿Y si esta vez me doy la oportunidad?

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